Las Veladas de Dikanka

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Al tiempo que pronunciaba esas palabras, Chub se rascó la espalda y partió en dirección contraria. La recompensa que esperaba de su visita a Soloja atenuaba un tanto el dolor y le hacía incluso insensible al hielo que crepitaba en las calles, cuyos crujidos no conseguía sofocar el silbido de la ventisca. De vez en cuando en su rostro, cuya barba y bigotes el temporal había enjabonado de nieve más pronto que el barbero cuando coge de manera tiránica la nariz de su víctima, se dibujaba una expresión casi dulce. Pero si la nieve no lo hubiera tapado todo con sus remolinos, se hubiera visto a Chub pararse más de una vez, rascarse la espalda y exclamar: «¡Vaya golpe me ha propinado ese maldito herrero!», y a continuación seguir de nuevo su camino.

Mientras nuestro hábil petimetre con cola y barba de chivo salía de la chimenea y luego volvía a entrar, la bolsa que llevaba colgada del costado, y en la que había ocultado la luna robada, se enganchó desgraciadamente en algún lugar de la estufa, se abrió y el astro, aprovechando la ocasión, salió volando por la chimenea de Soloja y subió sin impedimentos hasta el cielo. Todo se iluminó. La ventisca desapareció como por arte de magia. La nieve brillaba como si fuera una vasta llanura de plata y parecía toda sembrada de estrellas de cristal. El frío se atenuó. Aparecieron grupos de mozos y muchachas con sacos. Resonaron las canciones y rara fue la jata ante la cual no se agolparon los cantantes.


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