Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka La luna despedía una claridad maravillosa. No es fácil explicar lo agradable que resulta, en una noche así, deambular entre grupos de muchachas que ríen y cantan y mozos dispuestos a prodigar todas las bromas y burlas que les sugiere la alegre y risueña noche. Bajo una gruesa pelliza se siente calor; el hielo confiere un rubor más intenso a las mejillas; en cuanto a las travesuras, es el mismo maligno el que os empuja a realizarlas.
Grupos de muchachas con sacos irrumpieron en la jata de Chub y rodearon a Oksana. Los gritos, las carcajadas y las charlas aturdieron al herrero. Todas se apresuraban a anunciarle a la bella alguna novedad, vaciaban los sacos y mostraban con orgullo sus panes, salchichas y buñuelos, recibidos en gran cantidad por sus villancicos. Oksana parecía muy alegre y contenta, conversaba con unas y con otras y reía sin parar. El herrero contemplaba con envidia y enfado esa alegría y por una vez maldijo los villancicos, aunque en realidad le gustaban con locura.
—¡Eh, Odarka! —dijo la bella dirigiéndose a una de las muchachas—: ¡llevas unos botines nuevos! ¡Ah, qué bonitos son! ¡Y con adornos dorados! Eres muy afortunada, Odarka, de tener una persona que te compra todo lo que quieres. Yo no tengo a nadie que me procure unos botines tan bonitos.