Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¡No te preocupes, mi amada Oksana! —intervino el herrero— yo te traeré unos botines como llevan muy pocas señoras.
—¿Tú? —dijo Oksana, dirigiéndole una mirada rápida y altanera—. Me gustarÃa saber dónde vas a encontrar unos botines que se acomoden a mis pies. ¿Acaso vas a traerme los que lleva la misma zarina?
—¡Vaya lo que pide! —gritaron las muchachas, echándose a reÃr.
—Sà —continuó con orgullosa voz la bella—. Os pongo a todas por testigos: si el herrero Vakula me trae los botines que lleva la zarina, doy mi palabra de que me casaré con él.
Las muchachas se llevaron con ellas a la caprichosa Oksana.
—¡ReÃd, reÃd! —dijo el herrero, saliendo tras ellas—. ¡Yo soy el primero en reÃrme de mà mismo! Por más que lo pienso, no sé qué ha pasado con mi buen juicio. No me quiere. Bueno, ¡pues que se quede con Dios! ¡Como si no hubiera en el mundo nadie más que ella! A Dios gracias hay muchas muchachas bonitas en la aldea. Además, ¿qué tiene Oksana de particular? Jamás será una buena ama de casa. Sólo sabe presumir. No, ya es suficiente. Basta de hacer el imbécil.