Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

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Gritsko lo miró con perplejidad. En las facciones morenas del gitano había un matiz maligno, mordaz, ruin y al mismo tiempo altanero. Bastaba una simple mirada para darse cuenta de que en esa alma extraña bullían grandes cualidades, pero de esa clase que en la tierra sólo reciben como recompensa la horca. La boca, que desaparecía casi por entero entre la nariz y la afilada barbilla, siempre sombreada por una sonrisa sarcástica; los ojos pequeños y vivos como fuego, y su rostro atravesado por relámpagos en los que se leía la sucesión incesante de intenciones y proyectos: todo ello parecía exigir las singulares y extrañas ropas que en esos momentos llevaba. Aquel caftán marrón oscuro, dispuesto a deshacerse en polvo al menor roce; sus largos cabellos negros, cayendo en mechones sobre sus hombros; las babuchas que cubrían sus pies desnudos y atezados: todo parecía haberse adherido a él y formar parte de su propia persona.

—Si cumples lo que dices, te los daré no por veinte, sino por quince —contestó, sin apartar de él sus ojos escrutadores.

—¿Por quince? ¡De acuerdo! Pero no te olvides: has dicho por quince. ¡Toma cinco rublos por adelantado!

—¿Y si me engañas?

—Si te engaño, te quedas con el anticipo.

—¡De acuerdo! ¡Chócala!


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