Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka La cruz de una tumba osciló y de la entraña de la tierra surgió en silencio un cadáver reseco. La barba le llegaba hasta la cintura; las uñas eran más largas que los propios dedos. Sin hacer ruido, levantó los brazos. Todo su rostro tembló y se torció en una mueca. Al parecer, padecía un tormento terrible. «¡Me ahogo! ¡Me ahogo!» —gimió con voz salvaje e inhumana. Esa voz, como un cuchillo, desgarraba el corazón. De pronto el muerto desapareció bajo tierra. Otra tumba osciló y un nuevo cadáver, más alto y espantoso que el anterior, salió de su encierro. Tenía todo el cuerpo cubierto de pelo, la barba le llegaba hasta las rodillas y todavía más largas eran sus huesudas uñas. Con voz aún más salvaje que el primero gritó: «¡Me ahogo!», y desapareció debajo de la tierra. Una tercera cruz osciló y apareció otro cadáver. Parecía un esqueleto desnudo, y se elevaba a una gran altura sobre el suelo. La barba le llegaba hasta los talones, los dedos de largas uñas se hundían en la tierra. Con un gesto terrible levantó los brazos, como si quisiera alcanzar la luna, y aulló como si alguien le estuviera aserrando los amarillentos huesos…
El niño, que dormía en brazos de Katerina, gritó y se despertó. También la señora lanzó un grito. Los remeros dejaron caer sus gorros en el Dniéper. El propio señor se estremeció.