Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

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De pronto todo desapareció como por arte de magia; no obstante, los remeros tardaron un buen rato en coger los remos.

Burulbash miró con aire preocupado a su joven esposa que, toda asustada, mecía en sus brazos a la llorosa criatura, apretándola contra su corazón y besándole la frente.

—¡No tengas miedo, Katerina! ¡Mira: ya no hay nada! —dijo señalando a su alrededor—. El brujo quiere asustar a la gente para mantenerla alejada de su impura guarida. ¡Sólo conseguirá asustar a las mujeres con esas tretas! ¡Dame a mi hijo para que lo coja en brazos! —y tras pronunciar esas palabras el señor Danilo levantó al niño y lo acercó a sus labios—. Qué, Iván, ¿a que a ti no te asustan los brujos? Contéstame: «No, padre, yo soy un cosaco». ¡Basta, deja de llorar! Pronto llegaremos a casa y tu madre te dará la papilla, te acostará en la cuna y te cantará:

¡Duerme, duerme, duerme! ¡Duerme, hijito, duerme! Crece para nuestro gozo, para gloria del cosaco y terror del enemigo.



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