Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Escucha, Katerina, me parece que tu padre no quiere vivir en paz con nosotros. Se muestra huraño, sombrío, como enfadado… Si no está contento, ¿por qué ha venido? ¡No quiso beber por la libertad de los cosacos! No acunó en sus brazos al niño. En un principio quería confiarle todo lo que guardo en el corazón, pero algo me lo impidió y las palabras no salieron de mi boca. ¡No, no tiene corazón de cosaco! ¡Cuando el corazón de un cosaco se encuentra con otro, está a punto de saltar del pecho para ir a su encuentro! Qué, mis queridos muchachos, ¿llegaremos pronto a la orilla? Bueno, os regalaré unos gorros nuevos. A ti, Stetsko, te daré uno guarnecido de terciopelo y de oro; se lo quité a un tártaro junto con su cabeza. Me quedé con todo su equipo; sólo le dejé en libertad el alma. ¡Vamos, atracad! Bueno, Iván, ya hemos llegado y tú sigues llorando. ¡Cógelo, Katerina!
Todos bajaron a tierra. Por detrás de la montaña apareció un tejado de paja: era la casa solariega del señor Danilo. Detrás de ella se elevaba otra montaña, y más allá se extendía la estepa, en la que no sería posible encontrar un solo cosaco en más de cien kilómetros.