Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —Entremos. En la jata no hay nadie. HabĂa empezado ya a pensar, Afanasi Ivánovich, que habĂa cogido usted lamparones o un cĂłlico. Pasaba el tiempo y no venĂa usted. ÂżCĂłmo se encuentra? He oĂdo decir que su señor padre ha recibido estos dĂas toda clase de regalos.
—Bagatelas, Javronia NikĂforovna; durante toda la cuaresma mi padre sĂłlo ha recibido unos quince sacos de trigo de primavera, cuatro de mijo y un centenar de empanadas; en cuanto a las gallinas, si las contáramos, no llegarĂan a cincuenta, y la mayor parte de los huevos estaban podridos. Las Ăşnicas ofrendas realmente deleitosas, si me permite decirlo, son las que espero recibir de usted, Javronia NikĂforovna —continuĂł el hijo del pope, mirándola con ternura y aproximándose más a ella.
—¡Éstos son mis regalos, Afanasi Ivánovich! —exclamĂł la mujer, poniendo unas escudillas sobre la mesa y abrochándose con remilgos la blusa, que habĂa quedado abierta como por descuido— ¡Buñuelos, panecillos de trigo, empanadas, pastelillos!