Las Veladas de Dikanka

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—¡Apostaría lo que fuera a que todos esos manjares los han preparado las manos más expertas de la raza de Eva! —exclamó el hijo del pope, atacando con una mano los pastelillos, mientras con la otra cogía un buñuelo—. No obstante, Javronia Nikíforovna, mi corazón espera recibir de usted bocados más dulces que todas las empanadas y panecillos del mundo.

—¡No sé de qué bocados me habla, Afanasi Ivánovich! —respondió nuestra corpulenta beldad, haciendo como si no comprendiera.

—¡Me refiero a su amor, incomparable Javronia Nikíforovna! —pronunció en un susurro el hijo del pope, cogiendo un buñuelo con una mano y ciñendo el ancho talle de la mujer con la otra.

—¡Por Dios! ¿En qué está pensando usted, Afanasi Ivánovich? —exclamó Jivria, bajando pudorosamente los ojos—. ¡Tal vez pretenda usted besarme!

—Sobre ese particular le diré algo que me concierne —continuó el hijo del pope—. En mis tiempos de seminarista, lo recuerdo como si fuera ayer…

En ese momento se oyeron ladridos en el patio y golpes en el portón. Jivria salió corriendo y regresó poco después completamente pálida.

—¡Ay, Afanasi Ivánovich! ¡Estamos perdidos! Hay mucha gente ante la puerta y me ha parecido oír la voz del compadre…


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