Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

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De pronto alguien aparece en el camino. Sólo es un cosaco. Y el prisionero deja escapar un profundo suspiro. El lugar vuelve a quedar desierto. Poco después aparece otra persona en la lejanía… Una capa verde flota al viento… En la cabeza brilla una cofia dorada… ¡Es ella! El brujo se aprieta aún más contra la ventana. La muchacha ya está más cerca…

—¡Katerina! ¡Hija mía! Apiádate de mí, compadécete…

Pero ella no le contesta y trata de no escucharle; sin volver siquiera la mirada hacia la prisión, pasa y desaparece. ¡Ni una persona en el mundo entero! El Dniéper levanta un lúgubre rumor. El corazón se llena de tristeza. Pero ¿es consciente el brujo de esa tristeza?

El día se aproxima a su fin. El sol se ha puesto. Ya ha desaparecido. Se ha hecho de noche. El aire es fresco; en algún lugar muge un buey; se oyen ruidos lejanos: probablemente las gentes han vuelto de sus trabajos y se divierten. Por el Dniéper pasa una barca… ¡Nadie se preocupa del prisionero! En el cielo brilla la hoz de plata. Alguien asciende por el camino. La oscuridad impide distinguir bien sus rasgos. Es Katerina, que regresa a casa.

—¡Hija mía, por el amor de Cristo! ¡Ni siquiera los feroces lobeznos desgarran a su madre! ¡Hija mía, dirige al menos una mirada sobre tu criminal padre!


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