Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Pero ella sigue su camino sin escucharle.
—¡Hija mÃa, en nombre de tu desdichada madre! —la muchacha se detiene—. ¡Ven a recoger mi última palabra!
—¿Qué quieres de mÃ, apóstata? ¡No me llames hija tuya! Entre nosotros no existe parentesco. ¿Qué es lo que solicitas de mà en nombre de mi desdichada madre?
—¡Katerina! Mi fin está próximo. Sé que tu marido quiere atarme a la cola de un caballo y lanzarlo al galope por los campos… Incluso es posible que invente un castigo más terrible todavÃa…
—¿Crees que existe en el mundo un castigo adecuado para tus pecados? Prepárate para soportarlo. Nadie va a interceder por ti.
—¡Katerina! No es el castigo lo que me asusta, sino los tormentos del otro mundo… Tú estás libre de pecado, Katerina, y tu alma irá volando al paraÃso, junto a Dios; pero el alma de tu padre apóstata arderá en el fuego eterno, el que nunca se apaga: sus llamas no perderán nunca su pujanza. ¡Nadie dejará caer sobre ellas una gota de rocÃo!, ¡jamás soplará una ráfaga de viento!…
—No tengo poder para atenuar ese castigo —exclamó Katerina, dándose la vuelta.