Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¡Katerina! ¡Espera! ¡Déjame decirte una palabra más! ¡Aún no sabes cuán bondadoso y misericordioso es Dios! ¿Has oÃdo hablar del apóstol Pablo? Era un gran pecador, pero después se arrepintió y se convirtió en un hombre santo.
—¿Qué puedo hacer yo para salvar tu alma? —preguntó Katerina—. El simple pensamiento resulta ridÃculo. ¡Sólo soy una débil mujer!
—¡Si consiguiera salir de aquÃ, renunciarÃa a todo. Me arrepentirÃa. Me retirarÃa a una cueva. CubrirÃa mi cuerpo con un áspero cilicio y pasarÃa dÃa y noche rezando a Dios! ¡No sólo respetarÃa la vigilia, sino que ni siquiera me llevarÃa un pedazo de pescado a la boca! Y si la misericordia divina no me perdonara al menos una centésima parte de mis pecados, me enterrarÃa en la tierra hasta el cuello o me harÃa emparedar en un muro de piedra; no tomarÃa comida ni bebida y me morirÃa; y entregarÃa todos mis bienes a los monjes para que rezaran por la salvación de mi alma durante cuarenta dÃas y cuarenta noches.
Katerina se quedó pensativa.
—Aunque te abriera la puerta, no podrÃa liberarte de las cadenas.