Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

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—No le temo a las cadenas —dijo él—. ¿Dices que han encadenado mis brazos y mis pies? No, les nublé la vista y en lugar de mi brazo les presenté una rama seca. ¡Mírame, ninguna cadena me ata! —exclamó, avanzando hacia el centro de la pieza—. Si éstos fueran muros normales no los temería y los traspasaría, pero ni siquiera tu marido sabe qué paredes son éstas. Las construyó un santo asceta, y ninguna fuerza impura puede sacar de aquí a un prisionero, a no ser que la llave que cerraba la celda del santo abra la puerta. Una celda como ésa me construiré yo, pecador empedernido, en cuanto salga de aquí.

—Escucha, voy a dejarte libre —dijo Katerina, deteniéndose ante la puerta—. Pero ¿y si me engañas y en lugar de arrepentirte reanudas tu pacto con el diablo?

—No, Katerina, no me queda mucho tiempo de vida. Aunque escape al castigo, mi fin está próximo. ¿Acaso piensas que quiero condenarme al suplicio eterno?

Los candados chirriaron.

—¡Adiós! ¡Que Dios misericordioso te proteja, hija mía! —exclamó el brujo, dándole un beso.

—¡No te acerques a mí, pecador empedernido! ¡Vete enseguida! —dijo Katerina, pero el brujo ya había desaparecido.


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