Las Veladas de Dikanka

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En la feria se había producido un suceso muy extraño: por boca de todos corría el rumor de que en alguna parte, entre la mercancía, había aparecido la casaca roja. A una vieja que vendía rosquillas le pareció ver al diablo, que bajo la forma de un cerdo se metía en cada uno de los carros como buscando algo. La nueva se extendió rápidamente por cualquier rincón del campamento, ya silencioso; todos consideraron pecaminoso no concederle crédito, a pesar de que la vendedora de rosquillas, cuyo puesto ambulante estaba situado junto al tenderete de la taberna, se había pasado el día entero haciendo reverencias sin ninguna necesidad y trazando con los pies figuras que guardaban una gran semejanza con su apetitosa mercancía. A esos rumores se añadieron los testimonios amplificados del prodigio que había contemplado el secretario provincial en el destartalado cobertizo, de modo que al atardecer todos los habitantes se apretaban unos contra otros; la quietud había desaparecido y el temor impedía a todos cerrar los ojos; aquellos que no se distinguían por su valentía y disponían de alojamiento en las isbas, se dirigieron a sus casas. Entre esos últimos se encontraban Cherevik, su hija y el compadre; fueron ellos, acompañados de otros amigos que se habían hecho invitar, los que llamaron con insistencia a la puerta, asustando a nuestra Jivria. El compadre estaba ya algo achispado, como demuestra el hecho de que tuviera que dar dos vueltas al patio con el carro antes de encontrar la puerta de la casa. Los invitados, que también estaban de buen humor, entraron sin ceremonias por delante del dueño. A la esposa de nuestro Cherevik le dio un vuelco el corazón cuando les vio registrar todos los rincones de la jata.


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