Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

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—¿Y qué, comadre, sigues teniendo fiebre? —preguntó el compadre, que acababa de entrar.

—Sí, no me encuentro bien —contestó Jivria, mirando con inquietud las tablas dispuestas bajo el techo.

—¡Anda, mujer, vete a por la garrafa que ha quedado en el carro! —le dijo el compadre a su esposa, que había entrado con él—. Tomaremos un trago con esta buena gente; esas malditas mujeres nos han asustado de tal modo que da vergüenza hasta decirlo. ¡Hemos venido aquí, hermanos, por una tontería! —continuó, bebiendo un sorbo de una jarra de barro—. Apuesto una gorra nueva a que esas mujeres se han burlado de nosotros. ¡Y aunque hubiera sido el mismo diablo! ¡Pues vaya una cosa! ¡Al diablo hay que escupirle en la cabeza! Como se le ocurriera aparecer aquí en este mismo momento, sería yo un hijo de perra si no le hiciera la higa delante de sus propias narices.

—¿Por qué te has puesto tan pálido? —gritó uno de los huéspedes, que sacaba a todos una cabeza y siempre estaba tratando de hacerse el valiente.

—¿Yo?… ¿Pero qué dices? Estás soñando.

Los huéspedes se echaron a reír. Una sonrisa de satisfacción se pintó en el rostro del lenguaraz valentón.


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