Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

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—¡Cómo va a ponerse pálido a estas horas! —comentó otro—. Sus mejillas están tan encarnadas como amapolas; ya no es Tsibulin[3], sino una remolacha; o mejor, esa casaca roja que tanto asusta a la gente.

La garrafa había dado la vuelta a la mesa, alegrando aún más al personal. Nuestro Cherevik, obsesionado desde hacía rato por la casaca roja, que no daba un instante de paz a su inquieto espíritu, abordó a su compadre:

—¡Hazme el favor, compadre! Por más que lo he pedido, nadie ha querido contarme la historia de esa maldita casaca.

—¡Ay, compadre! No conviene contar esas cosas por la noche; pero lo haré para complacerte a ti y a estas buenas gentes (en ese momento se volvió hacia los huéspedes), que parecen tan ansiosas como tú por conocer ese peregrino suceso. ¡Prestad atención!

Tras pronunciar esas palabras, se rascó los hombros, se secó la boca con un faldón de la casaca, puso ambas manos sobre la mesa y comenzó:

—Un día —no sé con motivo de qué falta— un diablo fue expulsado del infierno.

—¿Y cómo es eso, compadre? —le interrumpió Cherevik—. ¿Cómo es posible que a un diablo lo expulsen del infierno?


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