Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

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—¿Qué quieres que te diga, compadre? Lo expulsaron: eso es todo. Lo mismo que un campesino echa a un perro de su casa. Tal vez le entró el capricho de realizar una buena acción. El caso es que le mostraron la puerta. El pobre diablo echaba tanto de menos el infierno que le entraron ganas de ahorcarse. ¿Qué hacer? El diablo se dio a la bebida para olvidar su pena. Se instaló en ese cobertizo destartalado que has visto al pie de la montaña. Desde entonces, ningún hombre honrado pasa por su lado sin haber hecho antes la señal de la cruz para protegerse. El diablo acabó convirtiéndose en un juerguista como no se encontraría otro entre los muchachos. Se pasaba todo el día, de la mañana a la noche, en la taberna…

Llegados a este punto, el severo Cherevik interrumpió a nuestro narrador:

—Pero ¿qué es lo que estás diciendo, compadre? ¿Cómo es posible que alguien deje entrar al diablo en una taberna? ¡Si tiene pezuñas en los pies y cuernos en la cabeza!





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