Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —Pues ésa es la cuestión, que llevaba gorro y manoplas. ¿Quién podría reconocerlo? Al cabo de muchas juergas y francachelas, terminó por gastarse en bebida todo cuanto tenía. Al principio el tabernero le fió, pero poco después perdió la paciencia. Llegó un momento en que el diablo tuvo que empeñar su casaca roja casi por la tercera parte de su valor a un judío que regentaba entonces una taberna en la feria de Soróchintsi. Se la llevó y le dijo: «Te lo advierto, judío, vendré a buscarla dentro de un año. ¡Cuida de ella!». Y desapareció como si se lo hubiera tragado la tierra. El judío examinó atentamente la casaca: ¡un paño como ése no se encontraría ni siquiera en Mírgorod! Y su color rojo llameaba como fuego, de modo que uno no se cansaba de mirarla. Al judío le pareció demasiado larga aquella espera. Se rascó las patillas y terminó por vender la casaca a un señor que estaba de paso, al que le sacó no menos de cinco monedas de oro. Ya se había olvidado por completo del plazo, cuando un día, al atardecer, apareció un hombre: «¡Bueno, judío, dame mi casaca!». En un principio el judío no lo reconoció; luego, tras examinarlo con mayor atención, hizo como si fuera la primera vez que lo veía. «¿Qué casaca? ¡Yo no tengo ninguna casaca! ¡No sé nada de tu casaca!». Entonces el otro se fue. Al llegar la noche el judío, tras cerrar su cuchitril y contar todo el dinero de sus cofres, se cubrió con la sábana y empezó a rezar sus plegarias hebreas; pero de pronto oyó un susurro… miró y vio que en todas las ventanas silbaban hocicos de cerdo…