Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka En ese momento se oyó una especie de ruido confuso, muy semejante al gruñido de un marrano; todo el mundo se puso pálido… En el rostro del narrador aparecieron gotas de sudor.
—¿Qué es eso? —exclamó con espanto Cherevik.
—¡Nada! —respondió el compadre, temblando con todo su cuerpo.
—¡Ay! —dijo uno de los huéspedes.
—¿Qué has dicho?…
—Nada.
—Entonces, ¿quién ha gruñido?
—¡Sabe Dios de qué nos hemos asustado! ¡No hay nadie!
Todos miraron a su alrededor con aire temeroso y empezaron a rebuscar por cualquier rincón. Jivria estaba más muerta que viva.
—¡Ah, parecéis mujeres! —exclamó con voz tronante—. ¡Y luego se las dan de cosacos y de hombres! ¡DeberÃan poneros a hilar delante de una rueca! ¡Basta que el banco haya crujido bajo alguno de vosotros, que Dios me perdone, para que todos empecéis a temblar como posesos!
Esas palabras avergonzaron a nuestros valientes y les proporcionaron un poco de coraje; el compadre bebió un trago de la jarra y continuó con su narración.