Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —El judÃo estaba muerto de miedo; pero los cerdos, con unas patas tan largas como zancos, entraron por la ventana y en un instante lo reanimaron, azotándolo con un látigo trenzado, y le obligaron a bailar y a dar unos brincos más altos que este travesaño. El judÃo acabó poniéndose de rodillas y confesándolo todo… pero ya no era posible recuperar en poco tiempo la casaca. El señor habÃa sido robado en el camino por un gitano que vendió la casaca a una ropavejera; la mujer volvió con la prenda a la feria de Soróchintsi, pero desde ese dÃa nadie le compró nada. En un principio la ropavejera se sorprendió mucho, pero al cabo del tiempo terminó por comprender: seguramente la casaca roja tenÃa la culpa de todo. No en vano, nada más ponérsela sentÃa como si algo la oprimiera. Sin pensárselo dos veces, la arrojó al fuego, ¡pero la diabólica prenda no ardÃa! «¡Ay, éste es un regalo del diablo!», se dijo. Poco después se las ingenió para ocultarla en el carro de un campesino que venÃa a vender aceite. El muy imbécil se alegró del hallazgo, pero a partir de entonces nadie le preguntó siquiera por el precio de su mercancÃa. «¡Ah, unas manos impuras han puesto en mi carro esta casaca!», exclamó. Cogió un hacha y cortó la prenda en pedazos; pero de pronto éstos empezaron a juntarse y al poco tiempo la casaca quedó intacta. Después de santiguarse, el hombre volvió a coger el hacha, rompió la casaca en varios trozos, los dispersó por el lugar y se fue. Desde ese dÃa, todos los años, durante la feria, el diablo, en forma de cerdo, recorre el paraje y, gruñendo, busca los pedazos de la casaca. Según se dice, ya sólo le queda por recomponer la manga izquierda. Desde entonces, las gentes hacen la señal de la cruz al pasar por ese lugar. Hace ya diez años que no se celebra allà la feria, pero el asesor ha tenido la desdichada idea de or…