Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka La segunda mitad de la palabra no llegó a salir de labios del narrador.
En la ventana resonó un fuerte golpe; los cristales, tintineando, cayeron al suelo y en el marco apareció un horrible hocico de cerdo, que movía los ojos a un lado y a otro como preguntando: «¿Qué hacéis aquí, buenas gentes?».
… Con el rabo entre las piernas,
como un perro, temblaba
con todo su cuerpo, como Caín;
de su nariz cayó una brizna de tabaco.
(Kotliarevski, La Eneida)