Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

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La segunda mitad de la palabra no llegó a salir de labios del narrador.

En la ventana resonó un fuerte golpe; los cristales, tintineando, cayeron al suelo y en el marco apareció un horrible hocico de cerdo, que movía los ojos a un lado y a otro como preguntando: «¿Qué hacéis aquí, buenas gentes?».

VIII

… Con el rabo entre las piernas,

como un perro, temblaba

con todo su cuerpo, como Caín;

de su nariz cayó una brizna de tabaco.

(Kotliarevski, La Eneida)




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