Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka El terror se apoderó de todos los que se encontraban en la casa. El compadre se había quedado inmóvil, con la boca abierta; los ojos parecían fuera de sus órbitas, como si quisieran salir disparados; los dedos separados seguían inmóviles en el aire. El gigante fanfarrón, presa de un invencible terror, saltó hasta el techo y se golpeó en la cabeza con el travesaño; las tablas cedieron y el hijo del pope cayó al suelo en medio de un alboroto infernal. «¡Ay, ay, ay!», gritó con desesperación uno de los huéspedes, dejándose caer sobre un banco en un ataque de terror y agitando las piernas y los brazos. «¡Socorro!», vociferó otro, cubriéndose la cabeza con su abrigo. El compadre, al que un nuevo acceso de miedo había sacado de su estupor, se arrastró tembloroso y se ocultó bajo las faldas de su mujer. El gigante fanfarrón se introdujo en la estufa, a pesar de la estrechez del orificio, y cerró la portezuela tras de sí. En cuanto a Cheverik, se puso una olla en la cabeza en lugar del gorro y, como si le hubieran escaldado, se lanzó sobre la puerta y echó a correr por las calles fuera de sí, sin ver la tierra bajo sus pies; sólo el cansancio le obligó a aminorar un poco la rapidez de su carrera. El corazón le latía con fuerza y el sudor bañaba su rostro. Extenuado, estaba a punto de desplomarse cuando de pronto oyó que alguien le seguía… Se quedó sin aliento… «¡El diablo! ¡El diablo!», gritó fuera de sí, redoblando sus esfuerzos; un instante después cayó a tierra medio muerto. «¡El diablo! ¡El diablo!», gritó otra persona a sus espaldas, pero Cherevik sólo sintió que algo se abalanzaba sobre él con estrépito. En ese momento perdió el conocimiento y, como un terrible morador de la estrecha tumba, quedó mudo e inmóvil en medio del camino.