Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

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—La desanudó tu marido, hija mía, para ir a ver al brujo. —¿Para ir a ver al brujo? ¡Estoy perdida, mujer! —gritó Katerina.

—¡No lo quiera Dios, niña mía! ¡Sólo tienes que guardar silencio, señorita, y nadie sabrá nada!

—¡Ha huido ese maldito anticristo! ¿Has oído, Katerina? ¡Ha huido! —exclamó el señor Danilo, acercándose a su esposa. Sus ojos despedían fuego; su sable tintineaba y se balanceaba en su costado.

La esposa se sintió morir.

—Alguien ha debido liberarlo, amado esposo —dijo temblando.

—Así es, alguien lo ha liberado. Pero tiene que haber sido el diablo. Mira, en su lugar he encontrado un tronco encadenado. ¡Dios ha permitido que el diablo no tema las garras de un cosaco! Si a alguno de mis hombres se le hubiera ocurrido liberarle… no sé qué tormento inventaría para castigarlo.

—¿Y si hubiera sido yo?… —dijo sin querer Katerina, y al instante se detuvo, llena de pavor.

—Si algo semejante se te hubiera ocurrido, ya no serías mi mujer. ¡Te metería en un saco y te arrojaría en medio del Dniéper!

Katerina se quedó sin aliento y sintió que sus cabellos se ponían de punta.


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