Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Los polacos se habían reunido en una taberna situada cerca de un camino fronterizo, y llevaban ya dos días de festejos. No era poca la chusma. Probablemente se habían juntado para realizar una incursión; algunos tenían incluso mosquetes; las espuelas entrechocaban, los sables tintineaban. Los señores se divertían y fanfarroneaban, hablaban de sus extraordinarias hazañas, se burlaban de la religión ortodoxa, hablaban de los ucranianos como si fueran sus criados, se atusaban los bigotes con aire de importancia, echaban la cabeza hacia atrás con gesto presuntuoso y se recostaban sobre los bancos. Los acompañaba un sacerdote católico. Pero ese sacerdote era como ellos; ni siquiera tenía la apariencia de un pope cristiano: bebía y se divertía en su compañía, y su lengua impía pronunciaba comentarios desvergonzados. Los siervos se comportaban como los señores: se remangaban sus raídos caftanes y se pavoneaban, como si todo eso tuviera algún sentido. Jugaban a las cartas y se golpeaban en la nariz con los naipes. Llevaban con ellos mujeres ajenas. Por todas partes se oían ruidos y rumores de peleas. Los señores parecían poseídos por el demonio e inventaban todo tipo de bromas: cogían a un judío por la barba y dibujaban una cruz sobre su frente impía; disparaban con cartuchos vacíos sobre las mujeres y bailaban la danza cracoviana con su impío sacerdote. Ni siquiera en tiempos de los tártaros la tierra rusa había conocido un escándalo semejante. Por lo visto, como castigo por sus pecados, Dios la había condenado a soportar esa infamia. En medio del barullo general se oyó hablar de la hacienda que el señor Danilo tenía en la otra orilla del Dniéper y de su bella esposa… No, no tramaba nada bueno aquella pandilla.