Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Pasa una hora, pasa otra, y los polacos y los cosacos siguen peleando. Ya no quedan muchos ni de una parte ni de la otra. Pero el señor Danilo no se cansa. Con su larga pica derriba a los jinetes, y su intrépido caballo pisotea a los soldados de infantería; el patio está casi limpio; los polacos comienzan a dispersarse; los cosacos despojan a los muertos de sus caftanes dorados y de sus ricos arneses. El señor Danilo se aprestaba a perseguir al enemigo y miraba a su alrededor para reunir a los suyos, cuando se estremeció de ira al ver ante él al padre de Katerina. Se encontraba sobre una colina y le apuntaba con un mosquete. Danilo espolea a su caballo y se lanza contra él… ¡Cosaco, te diriges a tu perdición! El brujo dispara el mosquete y desaparece detrás de la colina. Sólo el fiel Stetsko ha visto su vestimenta roja y su extraño sombrero. El cosaco se ha tambaleado, el cosaco ha caído a tierra. El fiel Stetsko se precipita sobre su señor y lo encuentra tendido en el suelo, con los párpados cerrados sobre los ojos claros. La purpúrea sangre borbotea sobre su pecho. Pero el moribundo parece adivinar la presencia de su fiel servidor. Lentamente entreabre los párpados y sus ojos brillan por un momento. «¡Adiós, Stetsko! ¡Dile a Katerina que no abandone a nuestro hijo! ¡Tampoco le abandonéis vosotros, mis fieles servidores!», y, tras pronunciar esas palabras, muere. Su alma de cosaco abandona su noble cuerpo; sus labios se vuelven azules. El cosaco duerme ya el sueño eterno.