Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka El fiel sirviente estalla en sollozos y llama a Katerina con un gesto de la mano: «Ven, señora, ven: mal festín ha tenido tu señor. Yace ebrio sobre la tierra húmeda. Mucho tiempo tardará en despertar de su borrachera».
Katerina levanta los brazos al cielo y se desploma sobre el cuerpo muerto. «Marido mío, ¿eres tú el que yace ahí con los ojos cerrados? Levántate, halcón amado. ¡Tiéndeme la mano! ¡Incorpórate! Mira al menos una vez a tu Katerina, mueve los labios, pronuncia aunque sea una sola palabra… ¡Pero callas, callas, mi noble señor! Te has vuelto tan azul como el Mar Negro. ¡Tu corazón no late! ¿Por qué estás tan frío, señor mío? ¡Sin duda mis lágrimas no son lo bastante ardientes para calentarte! ¡Sin duda mi llanto no es lo bastante fuerte para poder despertarte! ¿Quién dirigirá ahora tus huestes? ¿Quién cabalgará sobre tu caballo moro, proferirá el estridente grito de guerra y blandirá el sable delante de los cosacos? ¡Cosacos, cosacos! ¿Dónde están vuestro honor y vuestra gloria? Yace aquí con los ojos cerrados sobre la tierra húmeda. ¡Enterradme también a mí, enterradme con él! ¡Cubridme los ojos de tierra! ¡Aplastad con tablones de arce mis blancos pechos! ¡Ya no necesito para nada mi belleza!».
Katerina llora y se desespera. Mientras, el horizonte se cubre de polvo: el viejo esaúl Gorobets acude en su ayuda.