Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —Que se atreva ese maldito anticristo a venir aquÃ; comprobará si la mano de un viejo cosaco conserva su vigor. Dios sabe —dijo, levantando al cielo sus perspicaces ojos— que volé en ayuda de mi hermano Danilo. ¡Pero Su Santa Voluntad lo dispuso todo de otro modo! Cuando llegué lo encontré en el frÃo lecho en el que tantos cosacos han yacido. Pero ¿no fue fastuosa la fiesta fúnebre que organizamos en su honor? ¿Dejamos a un solo polaco con vida? ¡TranquilÃzate, hija mÃa! Mientras mi hijo y yo vivamos, nadie se atreverá a hacerte daño.
Tras pronunciar esas palabras, el viejo esaúl se acercó a la cuna; el niño, al ver la pipa roja con montura de plata que llevaba colgada del cinturón y el saquito con el brillante eslabón, tendió sus manitas hacia él y se echó a reÃr.
—Se parecerá a su padre —dijo el viejo esaúl, desatando la pipa y entregándosela—. TodavÃa no ha dejado la cuna y ya quiere fumar en pipa.
Katerina dejó escapar un suave suspiro y empezó a mecer la cuna. Decidieron pasar la noche juntos, y poco después todos se quedaron dormidos. También Katerina se durmió.