Las Veladas de Dikanka

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Tanto en el patio como en la jata reinaba el silencio. Los únicos que no dormían eran los cosacos que montaban guardia. De pronto Katerina lanzó un grito y se despertó. También los otros se despertaron. «¡Lo ha matado, lo ha degollado!», gritó, precipitándose sobre la cuna.

Todos la rodearon y se quedaron petrificados de terror cuando vieron que el niño estaba muerto. Ninguno se atrevió a pronunciar palabra; no sabían qué pensar de ese crimen inaudito.













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