Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Pero ¿quién es aquel que, en medio de la noche, brillen o no las estrellas, cabalga en un inmenso caballo moro? ¿Quién es ese bogatir[21] de talla sobrehumana que galopa al pie de las montañas y cerca de los lagos, reflejándose con su caballo gigantesco en las quietas aguas, mientras su sombra infinita se proyecta de manera espantosa sobre las montañas? Su armadura repujada centellea; sobre el hombro se recorta una pica; en la silla tintinea un sable; lleva el casco calado sobre la frente; el bigote negro destaca sobre los labios; tiene los ojos cerrados y bajas las pestañas: está dormido. Y aun dormido, sostiene las riendas; detrás de él, en el mismo caballo, va sentado un joven paje que también duerme y dormido se sujeta al bogatir. ¿Quién es? ¿Adónde se dirige y por qué? Nadie lo sabe. Hace más de un día y de dos que recorre estas montañas. Cuando amanece y sale el sol no se le ve. Sólo alguna que otra vez los montañeses advierten que una larga sombra atraviesa las montañas, aunque el cielo esté despejado y libre de nubes. Pero en cuanto la noche trae de nuevo las tinieblas, vuelve a hacerse visible y se refleja en los lagos, mientras su sombra, temblando, galopa detrás. Ha atravesado muchas montañas y ha iniciado la ascensión al Kriván, la cumbre más alta de los Cárpatos, que se alza, como un soberano, por encima de las otras. En ese punto se detienen caballo y jinete; este último se hunde en un sueño aún más profundo, mientras las nubes descienden sobre él y lo ocultan.