Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka La vieja nodriza la contemplaba con pesar, mientras sus profundas arrugas se llenaban de lágrimas; a los fieles servidores se les oprimía el corazón cuando contemplaban a su señora. Completamente agotada, zapateaba con indolencia en el mismo lugar, pensando que estaba bailando la gorlitsa. «¡Tengo un collar, muchachos!», dijo por fin, deteniéndose. «¡Y vosotros no!… ¿Dónde está mi esposo?», gritó de pronto, sacando de su cinturón un puñal turco. «¡Oh, no es un cuchillo como éste lo que necesito!», al pronunciar esas palabras sus ojos se llenaron de lágrimas y en su rostro se dibujó una expresión de tristeza. «El corazón de mi padre yace a gran profundidad en su pecho; este puñal no podrá alcanzarlo. Su corazón es de hierro. Una bruja se lo ha forjado en el fuego del infierno. ¿Por qué no viene mi padre? ¿Acaso no sabe que ha llegado la hora de que lo apuñale? Por lo visto quiere que vaya yo misma a buscarlo…», y, sin acabar la frase, se rió de un modo extraño. «Me ha venido a la cabeza una historia muy divertida. Me he acordado del entierro de mi marido. El caso es que lo enterraron vivo… ¡Lo que pude reírme!… ¡Escuchad, escuchad!», y en lugar de continuar con su relato, entonó esta canción:
La carreta está ensangrentada
en ella yace un cosaco,
despedazado, acribillado.
Lleva en la diestra un venablo