Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka De esa manera mezcla todas las canciones. Lleva ya dos días viviendo en su casa y no quiere oír hablar de Kiev; no reza, se aparta de las gentes y de la mañana a la noche yerra por los oscuros robledales. Las agudas ramas arañan su blanco rostro y sus hombros; el viento sacude sus trenzas desanudadas; las hojas secas crujen bajo sus pies. Pero ella no se fija en nada. Es la hora en que palidece el crepúsculo, la luna no brilla y las estrellas aún no han despuntado, pero ya da miedo pasear por el bosque: se ve trepar a los árboles y agarrarse a las ramas a los niños que no han sido bautizados; sollozan, se ríen a carcajadas, ruedan por los caminos y por los campos cubiertos de ortigas de anchas hojas; de las ondas del Dniéper emergen en hilera las vírgenes que han perdido sus almas; los cabellos de sus cabezas verdes caen sobre los hombros; el agua, con un murmullo sonoro, corre por sus largas cabelleras y gotea sobre la tierra; cada una de ellas brilla en su cerco de agua como a través de una camisa de cristal; los labios esbozan una sonrisa maravillosa, las mejillas arden, los ojos seducen el alma… Parece como si se consumieran de amor, como si quisieran cubriros de besos… ¡Huye, cristiano! Sus labios son de hielo; su lecho, el agua fría; te atraerán y te llevarán al fondo del río. Katerina no se cuida de nadie; no tiene miedo, la insensata, de las ondinas: corre hasta muy tarde con su cuchillo, buscando a su padre.