Las Veladas de Dikanka

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Tras dos semanas de viaje, Iván Fiódorovich llegó a una pequeña aldea que distaba unos cien kilómetros de Gadiach. Era viernes. Hacía ya un buen rato que se había puesto el sol cuando el carruaje, el judío y él entraron en el patio de la posada.

Esa posada no se diferenciaba en nada de las que suele uno encontrar en las pequeñas ciudades. Por lo general, en esos albergues se ofrecen al viajero con gran insistencia heno y avena, como si fuera un caballo de postas. Pero como tenga ganas de desayunar como las personas respetables, tendrá que guardar intacto su apetito hasta mejor ocasión. Iván Fiódorovich, que estaba al tanto de esas sutilezas, había tomado la precaución de llevar consigo dos paquetes con bollos de pan y salchichón; pidió una copa de vodka, bebida que no suele faltar en ninguna posada, se sentó en un banco delante de una mesa de roble, cuyas patas estaban hundidas en el suelo de tierra, y empezó a cenar.

Entretanto se oyó el ruido de un carruaje que se aproximaba. La cancela chirrió; pero pasó un buen rato antes de que el coche penetrara en el patio. Una fuerte voz increpaba a la vieja que regentaba la posada. «¡Voy a entrar», oyó Iván Fiódorovich, «pero como una sola chinche me pique en tu casa, te zurraré. Ya lo creo que lo haré, vieja bruja, y no te daré nada por el heno!».


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