Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

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Al cabo de un minuto la puerta se abrió y entró, o mejor dicho se introdujo, un hombre grueso vestido con una levita de color verde. Su cabeza descansaba inmóvil sobre un cuello demasiado corto, que parecía aún más gordo a causa de la doble barbilla. A juzgar por su aspecto, pertenecía a esa clase de personas que no se rompen la cabeza pensando en naderías y a las que todo en la vida les ha salido rodado.

—¡Le deseo mucha salud, señor mío! —exclamó al reparar en Iván Fiódorovich.

Iván Fiódorovich saludó en silencio.

—¿Me permite que le pregunte con quién tengo el honor de hablar? —añadió el grueso viajero.

—Con el teniente retirado Iván Fiódorovich Shponka —contestó éste.

—Y ¿puedo preguntarle adónde se dirige?

—A Vítrebenki, donde tengo mi propia hacienda.

—¡Vítrebenki! —exclamó el severo interrogador—. ¡Pero permítame, señor mío, permítame! —dijo, aproximándose a Iván Fiódorovich y agitando los brazos como si alguien le impidiera el paso o tuviera que abrirse camino a través de una multitud; una vez a su lado, le abrazó y le besó, primero en la mejilla derecha, luego en la izquierda y a continuación de nuevo en la derecha. A Iván Fiódorovich le agradaron mucho esos besos, pues sus labios habían tomado las grandes mejillas del desconocido por mullidos almohadones.


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