Las Veladas de Dikanka

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—¡Permítame, señor mío, que me presente! —continuó el gordo—. Yo también poseo una hacienda en la región de Gadiach y soy vecino suyo. Vivo en la aldea de Jórtische, que se encuentra a menos de cinco kilómetros de Vítrebenki. Me llamo Grigori Grigórievich Storchenko. Es de todo punto indispensable, indispensable, señor mío, que venga a visitarme a la aldea de Jórtische; si no, no le saludaré más. Ahora llevo prisa, pues tengo que ocuparme de unos asuntos… Pero ¿qué es eso? —dijo con una voz dulce a su jockey, un joven vestido con una casaca remendada en el codo, que acababa de entrar y con expresión sorprendida ponía sobre la mesa unos paquetes y cajas—. ¿Qué es eso? ¿Qué es? —y la voz de Grigori Grigórievich se fue haciendo cada vez más amenazante—. ¿Acaso te he ordenado que trajeras esto aquí, querido? ¿Acaso te he pedido que trajeras todo esto, canalla? ¿Es que no te he dicho que calentaras primero el pollo, bribón? ¡Fuera de aquí! —gritó, golpeando el suelo con el pie—. ¡Espera, cara de tonto! ¿Dónde está el cofre con las botellas? ¡Iván Fiódorovich! —continuó, mientras vertía licor en una copa—. ¡Le pido que lo pruebe! ¡Es medicinal!

—Le aseguro que no puedo… Ya en una ocasión… —dijo Iván Fiódorovich con temblorosa voz.

—¡No quiero ni oírlo, señor! —exclamó el propietario, levantando la voz—. ¡No quiero ni oírlo! ¡No me moveré de este lugar hasta que no lo pruebe!


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