Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

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Cuando Iván Fiódorovich comprendió que no había manera de rechazar el licor, lo bebió no sin satisfacción.

—Esto es un pollo, señor mío —prosiguió el gordo Grigori Grigórievich, cortando el ave con su cuchillo dentro de una caja de madera—. Debo decirle que mi cocinera Yavdoja a veces gusta de tomarse un trago; por eso la comida suele quedarle un poco seca. ¡Eh, mozo! —exclamó dirigiéndose al muchacho de la casaca, que le traía un edredón y unos almohadones—. ¡Hazme la cama en el suelo, en medio de la habitación! ¡Que no se te olvide poner un poco de heno bajo la almohada! ¡Y que la vieja te dé un trozo de cáñamo de la rueca para taparme los oídos por la noche! Debe usted saber, señor mío, que tengo la costumbre de taparme los oídos por la noche desde el maldito día en que en una posada rusa se me metió una cucaracha en la oreja izquierda. Sólo más tarde supe que esos malditos katsaps[22] comen hasta la sopa con cucarachas. No soy capaz de describirle lo que sentí. Era una especie de hormigueo en el oído, un hormigueo… ¡Como para subirse por las paredes! Ya en nuestra tierra me curó una simple vieja. ¿Qué cree usted que hizo? Simplemente recitar unas fórmulas mágicas. ¿Qué opina usted de los médicos, señor mío? Yo creo que nos toman el pelo y se burlan de nosotros. Algunas viejas saben veinte veces más que todos esos médicos.


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