Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —Efectivamente, lo que acaba de decir usted es la pura verdad. Algunas viejas… —en ese momento se detuvo, como si no encontrara los vocablos adecuados para continuar.
No está de más decir que, en general, Iván Fiódorovich era bastante parco en palabras. Quizás ello se debiera a su timidez o acaso a un deseo de expresarse con mayor elegancia.
—¡Sacúdelo bien, sacude bien ese heno! —dijo Grigori Grigórievich a su lacayo—. El heno de aquà es tan malo que podrÃa haber algún trozo de madera. PermÃtame, señor mÃo, que le desee buenas noches. Mañana no nos veremos, pues yo partiré antes del alba. Su judÃo descansará, porque mañana es sábado, asà que usted no tiene ninguna necesidad de levantarse temprano. No olvide usted mi ruego: si no viene a verme a la aldea de Jórtische, no volveré a saludarle.
Entretanto el criado le ayudó a quitarse la levita y las botas y le puso una bata; Grigori Grigórievich, entonces, se dejó caer en la cama, donde parecÃa un enorme colchón extendido sobre otro.
—¡Eh, mozo! ¿Adónde vas, canalla? ¡Ven a arreglarme la manta! ¡Eh, mozo! ¡Ponme bien el heno debajo de la cabeza! ¿Y qué, le han dado ya de beber a los caballos? ¡Pon más heno! ¡AquÃ, en este lado! ¡Pero arréglame bien la manta, canalla! ¡AsÃ! ¡Uf!…