Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Cuando aparecieron las batientes aspas del molino y, a medida que el carruaje ascendía por la colina, se vislumbraron las hileras de sauces, Iván Fiódorovich sintió que el corazón le latía con más fuerza. A través de las ramas se divisaba el estanque, que despedía vivos destellos y exhalaba una fresca brisa. En ese mismo estanque se había bañado en otros tiempos y, con el agua hasta el cuello, había buscado cangrejos en compañía de otros muchachos. El carruaje atravesó un dique e Iván Fiódorovich vio la misma vieja casa, con su techumbre de cañas, y aquellos manzanos y cerezos a los que en sus días mozos había trepado a escondidas. En cuanto entraron en el patio, perros de todas clases, marrones, negros, grises o con manchas acudieron de todas partes. Algunos se lanzaban ladrando a las patas de los caballos; otros, al darse cuenta de que el eje había sido engrasado con sebo, corrían detrás del coche; uno se había quedado cerca de la cocina, sujetaba un hueso con una pata y ladraba con todas sus fuerzas; otro ladraba en la lejanía y corría de un lado para otro sin dejar de mover la cola, como diciendo: «¡Mirad, buenas gentes, qué extraordinaria planta tengo!». Algunos muchachos, vestidos con sucias camisas, acudieron a ver el carruaje. Una cerda, que deambulaba por el patio con sus dieciséis lechones, levantó el hocico con aire interrogativo y gruñó con mayor fuerza que de costumbre. En el suelo del patio había muchas lonas con montones de trigo, centeno y avena que se secaban al sol. En el tejado también habían puesto a secar distintos tipos de hierbas: achicoria salvaje, vellosilla y otras.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker