Las Veladas de Dikanka

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Iván Fiódorovich estaba tan absorbido en la contemplación de ese panorama que sólo volvió en sí cuando un perro con manchas mordió en la pantorrilla al judío, que en ese momento bajaba del pescante. La servidumbre, compuesta por una cocinera, una mujer y dos muchachas con faldas de lana, salió corriendo al patio. Después de las primeras exclamaciones, «¡Pero si es nuestro señorito!», le anunciaron que su tía estaba sembrando maíz en el huerto, en compañía de la criada Palashka y del cochero Omelka, que a menudo desempeñaba también funciones de hortelano y de guardián… Pero la tía, que desde la lejanía había divisado el carruaje tapizado de tela de saco, ya estaba allí. Iván Fiódorovich se quedó estupefacto cuando ésta estuvo a punto de levantarlo en brazos; apenas podía creer que fuera la misma persona que en sus cartas le había hablado de su decrepitud y de sus enfermedades.









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