Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¿Un minuto? De ninguna manera. ¡Eh, mozo! —gritó el grueso propietario, y aquel mismo muchacho de la casaca salió corriendo de la cocina—. Dile a Kasián que cierre inmediatamente la cancela. ¿Me oyes? ¡Que la cierre con llave! ¡Y que desenganche ahora mismo el caballo de este señor! Haga el favor de entrar en la casa; aquà hace tanto calor que tengo toda la camisa empapada.
Una vez en el interior de la vivienda, Iván tiódorovich, a pesar de su timidez, decidió no perder el tiempo y abordar el asunto con decisión.
—Mi tÃa ha tenido el honor… Me ha comentado que la escritura de donación del difunto Stepán Kuzmich…
No es fácil describir el gesto de desagrado que se dibujó en el ancho rostro de Grigori Grigórievich al escuchar esas palabras.
—¡Le juro que no oigo nada! —respondió—. Debo decirle que en una ocasión se me metió en la oreja izquierda una cucaracha. Esos malditos katsaps tienen las isbas llenas de cucarachas. No hay pluma que pueda describir ese tormento. Era un hormigueo, una especie de hormigueo. Al final me curó una vieja con un procedimiento de lo más sencillo…