Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —QuerÃa decirle… —se atrevió a interrumpirle Iván Fiódorovich, viendo que Grigori Grigórievich trataba deliberadamente de cambiar de tema— que en el testamento del difunto Stepán Kuzmich se menciona, digámoslo asÃ, una escritura de donación… según la cual me corresponde…
—Ya veo que a su tÃa le ha faltado tiempo para contarle todas esas historias. ¡Es mentira! ¡Le juro que es mentira! Mi tÃo no preparó ninguna escritura de donación, aunque es cierto que en el testamento se hace alusión a cierto legado. Pero ¿dónde está ese documento? Nadie lo ha presentado. Si le digo todo esto es por su propio bien. ¡Le juro que es mentira!
Iván Fiódorovich guardó silencio, pensando que tal vez su tÃa se habÃa equivocado.
—¡Ahà vienen mi madre y mis hermanas! —exclamó Grigori Grigórievich—. Eso quiere decir que el almuerzo está listo. ¡Vamos! —y a continuación tomó a Iván Fiódorovich por el brazo y lo llevó hasta una habitación en la que, sobre una mesa, habÃa dispuestas unas fuentes con entremeses y unas botellas de vodka.
En ese mismo momento entraban en la estancia una viejecita de baja estatura, una verdadera cafetera con cofia, y dos señoritas, una rubia y otra morena. Iván Fiódorovich, como caballero bien educado, besó primero la mano de la viejecita y a continuación las de las dos señoritas.