Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¡Es nuestro vecino Iván Fiódorovich Shponka, madre! —dijo Grigori Grigórievich.
La viejecita miró atentamente a Iván Fiódorovich, o al menos así lo pareció. Por lo demás, era la bondad en persona. Se diría que quería informarse de cuántos pepinillos salaba en invierno Iván Fiódorovich.
—¿Ha tomado usted vodka? —preguntó la anciana.
—Seguramente ha dormido usted mal, madre —dijo Grigori Grigórievich—. ¿A quién se le ocurre preguntarle a un invitado si ha tomado vodka? Ofrézcaselo, que si ha bebido o no es asunto suyo. Iván Fiódorovich, haga el favor, ¿prefiere aguardiente de centaura o vodka Trojimov? Pero ¿qué haces ahí parado, Iván Ivánovich? —preguntó Grigori Grigórievich, volviéndose; en ese momento Iván Fiódorovich vio cómo Iván Ivánovich se aproximaba a la mesa; iba vestido con una levita de largos faldones y un gran cuello almidonado que le cubría toda la nuca, de modo que la cabeza parecía aposentarse sobre el cuello como sobre un coche.
Iván Ivánovich se acercó al vodka, se frotó las manos, examinó con atención la copa, la llenó, la acercó a la luz y se metió en la boca de una vez todo el contenido; pero no lo tragó, sino que se enjuagó varias veces con él, y sólo entonces lo ingirió, acompañándolo de una rebanada de pan con setas saladas. A continuación se dirigió a Iván Fiódorovich.