Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¿Es con el señor Iván Fiódorovich Shponka con quien tengo el honor de hablar?
—Asà es —respondió Iván Fiódorovich.
—Ha cambiado usted mucho desde la primera vez que lo vi. Le he conocido asà de pequeño —y al pronunciar esas palabras señaló con la palma de la mano una altura de una vara—. Su difunto padre, que en gloria esté, era un hombre singular. Melones y sandÃas como los que él tenÃa ya no se encuentran en ningún sitio. Aquà también servirán melones —añadió, llevándoselo aparte—. Pero ¿qué clase de melones? ¡Da pena verlos! Créame, estimado señor: tenÃa unas sandÃas asà de grandes —exclamó con aire misterioso, separando los brazos como si quisiera abrazar un tronco muy grueso—. ¡Asà de grandes, se lo juro!
—¡A la mesa! —dijo Grigori Grigórievich, cogiendo por el brazo a Iván Fiódorovich.
Pasaron todos al comedor. Grigori Grigórievich se sentó en su sitio habitual, en el extremo de la mesa, se anudó al cuello una enorme servilleta, que le daba el aspecto de esos héroes dibujados en los letreros de los barberos. Iván Fiódorovich, ruborizándose, se sentó en el lugar que le indicaban, frente a las dos señoritas; Iván Ivánovich se apresuró a sentarse a su lado, muy contento de tener alguien a quien comunicar sus observaciones.