Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —No debÃa haberse servido la rabadilla, Iván Fiódorovich. ¡Es pavo! —dijo la viejecita, volviéndose hacia él, mientras un aldeano vestido con un frac gris remendado de negro, que hacÃa las veces de camarero, le presentaba la fuente—. ¡Coja pechuga!
—¡Mamá, nadie le ha preguntado nada! —exclamó Grigori Grigórievich—. ¡No le quepa duda de que el invitado sabe lo que debe servirse! ¡Iván Fiódorovich, coja un ala, no, la otra, ésa con el estómago! Pero ¿por qué se sirve tan poco? ¡Coja un muslo! Y tú, ¿qué haces ahà parado con la fuente? ¡Implora! ¡Ponte de rodillas, canalla! Di ahora mismo: «¡Iván Fiódorovich, coja usted un muslo!».
—¡Iván Fiódorovich, coja usted un muslo! —bramó el camarero, poniéndose de rodillas con la bandeja.
—Hum… ¡Vaya un pavo! —dijo en voz baja y con aire despectivo Iván Ivánovich, dirigiéndose a su vecino—. ¡No es asà como se los imagina uno! ¡Si viera los que tengo yo! Le aseguro que uno solo tiene más grasa que diez de éstos. Créame, señor mÃo, que hasta da asco mirarlos cuando se pasean por el patio: tanta grasa tienen.
—¡Mientes, Iván Ivánovich! —exclamó Grigori Grigórievich, que habÃa escuchado sus palabras.