Las Veladas de Dikanka

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—Le digo que el año pasado —continuó en el mismo tono Iván Ivánovich, dirigiéndose a su vecino y fingiendo no haber oído el comentario de Grigori Grigórievich—, cuando los envié a Gadiach, me los pagaban a cincuenta kopeks la pieza, y aún así no quise venderlos.

—¡Iván Ivánovich, te digo que mientes! —exclamó Grigori Grigórievich, levantando la voz y separando mucho las sílabas, para que se le entendiera mejor.

Pero Iván Ivánovich, como si la cosa no fuera con él, siguió hablando del mismo modo, aunque en voz más baja. —Como le iba diciendo, mi querido señor, no los quise vender. No hay en Gadiach un solo propietario…

—¡Iván Ivánovich! ¡Eres tonto y nada más! —dijo Grigori Grigórievich con voz tronante—. Iván Fiódorovich sabe todo eso mejor que tú y no cree una palabra de lo que dices.

Esta vez Iván Ivánovich se ofendió de veras, se calló y se dedicó a engullir su pavo, a pesar de que no era tan grasiento como aquéllos a los que daba asco mirar.

El tintineo de los cuchillos, de las cucharas y de los platos sustituyó durante un tiempo el rumor de la conversación; pero por encima de todo se oía el ruido que hacía Grigori Grigórievich al chupar el tuétano de un hueso de cordero.


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