Las Veladas de Dikanka

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—¿Han leído ustedes —preguntó Iván Ivánovich después de unos instantes de silencio, sacando la cabeza de su carruaje y volviéndola hacia Iván Fiódorovich— el Viaje de Korobénikov a los Santos Lugares? ¡Es un verdadero placer para el alma y el corazón! Ya no se imprimen libros así. Es una pena que no me haya fijado en el año de publicación.

Cuando Iván Fiódorovich escuchó que se hablaba de libros, comenzó a servirse salsa con determinación.

—Causa verdadero asombro, mi querido señor, que un simple comerciante recorriera todos esos lugares. ¡Más de tres mil kilómetros, señor mío! ¡Más de tres mil kilómetros! Es evidente que Dios mismo lo juzgó digno de visitar Palestina y Jerusalén.

—¿Dice usted que estuvo incluso en Jerusalén? —exclamó Iván Fiódorovich, que había oído hablar mucho de esa ciudad a su ordenanza.

—¿De qué habla usted, Iván Fiódorovich? —preguntó Grigori Grigórievich desde el otro extremo de la mesa.

—He aprovechado la ocasión para comentar que hay en el mundo países muy lejanos —dijo Iván Fiódorovich, muy satisfecho de haber pronunciado una frase tan larga y complicada.

—¡No le crea, Iván Fiódorovich! —apuntó Grigori Grigórievich, que no le había oído bien—. ¡No dice más que mentiras!


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