Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Al poco rato el almuerzo llegó a su fin. Grigori Grigórievich se dirigió a su habitación, según su costumbre, para echar una cabezada; los invitados siguieron a la anciana dueña de la casa y a las señoritas al salón, donde la mesa, que habían dejado llena de botellas de vodka cuando se fueron a comer, se había cubierto, como por arte de magia, de platitos con mermelada de diferentes clases y fuentes con sandías, cerezas y melones.
La ausencia de Grigori Grigórievich era percibida por todos. La dueña de la casa se volvió más locuaz y desveló, sin hacerse de rogar, muchos secretos sobre la manera de preparar el dulce de fruta y de secar las peras. Incluso las señoritas introdujeron algún comentario, aunque la rubia, que parecía unos seis años más joven que su hermana —a juzgar por su aspecto tendría veinticinco—, se mostraba más callada.