Las Veladas de Dikanka

Las Veladas de Dikanka

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Con esa pregunta recibió la tía a Iván Fiódorovich; llevaba esperándole varias horas con impaciencia en el porche y al final, sin poder contenerse, había atravesado la cancela y se había dirigido a su encuentro.

—¡No, tía! —dijo Iván Fiódorovich, bajando del coche—. Grigori Grigórievich no tiene ninguna escritura de donación.

—¡Y tú te lo has creído! ¡Miente, el maldito! Si un día me encuentro con él te aseguro que le daré una tunda con mis propias manos. ¡Le haré perder un poco de grasa! No obstante, antes hay que hablar con el secretario del tribunal para ver si hay algún medio de llevarlo a juicio… Pero no se trata ahora de eso. Dime, ¿el almuerzo fue bueno?

—Bueno… muy bueno, tía.

—Vamos, cuéntame qué platos había. Sé que la vieja tiene mucha maña para la cocina.

—Había pasteles de requesón, con nata agria, tía. Pichones en salsa rellenos de…

—¿Sirvieron pavo con ciruelas? —preguntó la tía, pues ella misma era una verdadera experta en preparar ese plato.

—¡También había pavo!… Son muy guapas esas señoritas, las hermanas de Grigori Grigórievich; sobre todo la rubia.


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