Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¡Ah! —exclamó la tÃa, mirando con atención a Iván Fiódorovich, que se azoró y bajó los ojos. Una nueva idea le pasó por la cabeza—. Bueno, ¿qué? —preguntó con viveza y curiosidad—. ¿Cómo tiene las cejas?
No está de más señalar que la tÃa consideraba las cejas de las mujeres el principal distintivo de su belleza.
—Sus cejas, tÃa, son exactamente iguales a las que, según sus palabras, tenÃa usted de joven. Y todo su rostro está cubierto de pequeñas pecas.
—¡Ah! —exclamó la tÃa, satisfecha de la observación de Iván Fiódorovich, al que ni siquiera se le habÃa pasado por la cabeza hacerle un cumplido—. ¿Y qué vestido llevaba? Aunque probablemente no es fácil encontrar ahora tejidos tan sólidos como, por ejemplo, el de esta bata mÃa. Pero no se trata de eso. Dime, ¿hablaste de algo con ella?
—¿Qué quiere decir?… Yo, tÃa… Tal vez piense usted…
—¿Y qué tiene eso de extraño? ¡Si Dios lo quiere! Quizás esté escrito que hayáis de formar una buena pareja.
—No sé, tÃa, cómo puede hablarme usted asÃ. Eso demuestra que no me conoce usted nada…