Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka —¡Vaya, ya te has ofendido! —dijo la tÃa. «TodavÃa es muy joven», se dijo. «No sabe nada. Es necesario que se traten, que se conozcan».
A continuación la tÃa se separó de Iván Fiódorovich y fue a echar una ojeada a la cocina. A partir de ese dÃa sólo pensó en una cosa: ver casado cuanto antes a su sobrino y tener pequeños nietos a los que cuidar. Los diferentes preparativos de la boda ocupaban toda su imaginación y, aunque se advertÃa que se afanaba en sus quehaceres más que antes, los asuntos iban peor que mejor. A menudo, mientras preparaba algún dulce, cuya elaboración no solÃa confiar a la cocinera, se olvidaba de todo y se imaginaba que a su lado habÃa un nieto que le pedÃa un trozo de pastel; extendÃa distraÃdamente la mano con la mejor porción y un perro guardián, aprovechando la oportunidad, atrapaba el apetitoso bocado y lo masticaba con estrépito, sacando a la tÃa de su ensoñación y ganándose una buena tunda con el atizador. Incluso habÃa renunciado a sus actividades favoritas y ya ni siquiera iba de caza, sobre todo desde el dÃa en que, pensando que se trataba de una perdiz, abatió a un cuervo, algo que no le habÃa sucedido nunca.