Las Veladas de Dikanka
Las Veladas de Dikanka Cogió la tabaquera; pero antes de que tuviera tiempo de verter un poco de tabaco en la mano, miró atentamente a su alrededor para asegurarse de que no había nadie. En un principio pensó que estaba solo; pero de pronto le pareció ver que un tocón soplaba y jadeaba, que le salían orejas y unos ojos inyectados en sangre, que los orificios de la nariz se dilataban y la nariz se fruncía como si se dispusiera a estornudar. «No, no oleré tabaco», pensó mi abuelo, guardando la tabaquera—. «¡Ese Satanás volvería a llenarme los ojos de saliva!». Cogió la olla apresuradamente y echó a correr con todas sus fuerzas; pero sentía que por detrás alguien le rascaba las piernas con unas varillas… «¡Ay, ay, ay!», gritaba el abuelo, acelerando el paso; sólo cuando llegó al huerto del pope se detuvo para recuperar el aliento.